El elefante encadenado: Una metáfora interesante

Un elefante es un animal que, a menudo, encontramos o bien en zoológicos, o bien en algún circo o incluso, si vamos a algún safari, en libertad. Esto se debe a que es un animal que en algunos lugares del planeta está en peligro de extinción y que, por lo tanto, se le trata de proteger a través de la nominación de entornos especiales que ayuden a preservarlo y a su protección.

Pero, ¿y si fuéramos nosotros mismos un elefante? Pero más aún, ¿y si fuéramos nosotros un elefante encadenado? No se trata de ser duros con nosotros mismos, léase masoquistas. Sino de pensar bien si no tenemos acaso alguna cadena que nos ate al suelo, y de la que no nos estemos dando apenas ni cuenta.

La metáfora del elefante encadenado

La metáfora del elefante encadenado

Un elefante encadenado es así. Él camina, pero está lastrado y limitado a dar vueltas, porque como tiene algo que le ata a un punto concreto en el suelo, no puede salir de ahí. Por lo que nosotros también, no es absurdo del todo decir, que podríamos ser ese elefante encadenado.

¿Qué cosas nos encadenan? ¿Quiénes nos encadenan? ¿Nos encadenamos nosotros mismos, a nosotros mismos incluso aunque no nos demos ni cuenta? ¿Es esto así? Podría ser, porque nosotros mismos nos decimos “no” a algunas cosas, no en el sentido de tener autocontrol sobre nosotros mismos, que sería muy positivo, sino en el sentido de autolimitarnos.

¿Cómo podemos salir de esas situaciones? ¿Superar lo que nos ata y lo que nos perjudica a nosotros mismos, que puede que incluso creamos nosotros mismos? No es una pregunta fácil, pero yo siempre pienso que una de las formas para lograrlo es, sencillamente, aceptando las cosas como vienen, dejando ir.

Dejarlo ir

Dejarlo ir

Dejar ir las cosas malas. Dejar ir las cosas buenas. Así crecemos, no apegándonos a nada. Cuando nos apegamos a las cosas, nos ponemos techo o, para ir más acordes con ésta situación que describo, nos encadenamos a nosotros mismos. Es mejor no vivir sin responsabilidades, pero sí sin ataduras, más ataduras de las que, en verdad, necesitemos.

De ese modo si viene algo bueno, lo cogemos. Si viene algo malo, lo aceptamos. Y si se van, tanto el uno como el otro, digamos que es así: ha pasado y lo aceptamos como es. No atándonos, no atándonos al suelo, no encadenándonos como esclavos de nosotros mismos y de nuestros errores, a menudo bienintencionados.

De esa forma seremos cuanto menos, sino totalmente libres, más libres. Y será la forma, esta, en la que no nos autolimitemos más de lo que ya lo hacemos.

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